La previa de nuestro lado B
Historia cero — Parte I, por Ignacia
Nuestro lado B no empezó donde la mayoría imagina. No empezó en un club, no empezó con una fantasía cumplida, ni siquiera empezó con una conversación especialmente profunda.
Empezó el día que nos conocimos.
Fue un 10 de mayo. Hubo conexión inmediata, de esas en que las horas pasan a una velocidad ridícula. Conversamos de todo y de nada, saltando de tema en tema, interrumpiéndonos, dispersándonos. Y mientras más hablábamos, más evidente se hacía que ninguno de los dos tenía ganas de que la noche terminara.
Cuando el restaurante ya estaba cerrando, el plan era seguir en un bar de Barrio Italia. Ese era el plan oficial, el que correspondía. Duró exactamente hasta que me tomó de la cintura en la vereda y me besó. Después me preguntó de nuevo dónde quería ir, y yo, con una timidez que hoy me da risa, le dije: donde tú quieras.
Terminé en su departamento.
Fue una de esas noches que se recuerdan durante mucho tiempo. No porque haya sido perfecta, sino porque fue natural, intensa y sin esfuerzo. Nos dieron las cuatro de la mañana entre conversaciones y risas, con esa sensación rara de estar con alguien que acabas de conocer pero que se siente de antes.
A las cuatro le dije que tenía sueño. Y me dijo: ¿cucharita?
Ahí me derretí. Creo que nunca se lo he confesado, pero esa palabra a esa hora me pareció lo más encantador del mundo. Amo dormir abrazada. Y podrán venir aventuras, viajes, fantasías y todas las historias que vamos a contar más adelante, pero nuestras cucharitas siguen ganando.
Aprovecho de derribar un mito: sí, nos acostamos la primera noche. No se acabó el interés, no desapareció la magia, no se arruinó nada. A los cuarenta y cuatro me da una lata enorme pensar que alguien debería esperar semanas o meses cuando la química es así de evidente. Y bueno, no nos fue tan mal.
Los días siguientes fueron un desastre de los buenos. Nos escribíamos a toda hora: en el trabajo, al despertar, antes de dormir. Si algún día perdemos los teléfonos, espero sinceramente que nadie encuentre esos chats. A veces pienso que con nuestras conversaciones podríamos publicar un libro completo, y sería de altísimo impacto.
Porque si algo descubrimos rápido es que los dos somos tremendamente sexuales. Y no hablo solo del sexo. Hablo de la forma de vivir, de la curiosidad, del juego, de decir las cosas sin vergüenza, de reírnos de temas que para otros son tabú, de sentir que no hay mucho que esconder.
De hecho, a los pocos días de conocernos pasó algo que hoy es cotidiano pero que contado en voz alta suena bastante ridículo. Fuimos a cenar y llegó con un regalo. Yo imaginé una botella de vino, unas flores, un chocolate. Algo acorde a la etapa en la que estábamos, que era —insisto— de días.
Pero no. Apareció con un juguete y con mi lubricante favorito. Así, sin escalas.
Todavía nos reímos cuando lo recordamos. Y lo más preocupante es que no me pareció raro. Creo que en ese momento los dos entendimos que habíamos encontrado a alguien igual de desordenado mentalmente que uno mismo.
Entre todas esas conversaciones apareció una fantasía compartida: un trío con otra mujer. Algo que ninguno había podido explorar antes.
Lo curioso fue que ninguno se sorprendió cuando el otro lo dijo. Fue más bien un “¿en serio?”, “sí”, “yo también”. Y listo. Como si habláramos del clima.
Con el tiempo descubrimos que no era solo esa fantasía. Había muchas cosas que nunca habíamos podido conversar ni vivir antes. No porque estuvieran prohibidas, sino porque no había aparecido la persona correcta para hacerlo.
Creo que nos sacamos la lotería. Encontrar a alguien que te guste es relativamente fácil. Encontrar a alguien que además comparta tus rarezas ya es más difícil. Pero encontrar a alguien que comparta tus rarezas, tus fantasías, tu sentido del humor, tu intensidad y tu curiosidad —eso ya es otra cosa.
A veces siento que no es solamente que tengamos una gran conexión, sino que además llegamos a la vida del otro en el momento justo. Como si muchas de las cosas que no habíamos vivido antes estuvieran esperando a que apareciera la persona correcta al frente.
Así fue como empezamos a mirar lugares swinger en Santiago. Primero por curiosidad. Después por curiosidad con ganas. Y finalmente por curiosidad organizada.
Por mi lado no tenía mucho a quién preguntarle: en mi grupo de amigas siempre he sido la más curiosa para estos temas, y ellas son bastante más tradicionales. Así que investigamos por nuestra cuenta, Javier le preguntó a un amigo con experiencia en estas andanzas, y apareció un nombre.
Nos entusiasmamos, elegimos fecha, y llegó el gran viernes.
Me arreglé. Nada comparado con mis outfits futuros, pero para ese momento me sentía bastante osada. Como a las nueve llegó a mi casa, abrimos una botella de vino, después un gin, y empezamos a conversar.
No sé si inventamos temas o si alargamos la conversación a propósito. Solo sé que cuando miramos la hora ya era demasiado tarde.
No fuimos.
Hasta hoy no sabemos si fue timidez, si fue miedo, o si simplemente todavía no estábamos listos para cruzar esa puerta.
Mirándolo ahora, creo que fue perfecto. Porque esa noche no se acabó cuando decidimos no salir. Al contrario: recién ahí empezó.
Pero esa parte la cuenta Javier.
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