La previa de nuestro lado B
Historia 0 - Parte II, por Javier
Llevábamos pocas semanas juntos. Lo suficiente para saber que había algo, no lo suficiente para saber qué.
Ella había rozado la escena años atrás, con su ex marido. Una curiosidad sin química, una conversación que nunca prosperó, una puerta que se cerró casi tan pronto como se abrió. Nunca llegó a cruzarla. Yo, por mi parte, ni siquiera tenía esa experiencia. Solo tenía preguntas.
Un amigo mío, de esos que hablan del tema con la naturalidad de quien recomienda un restaurante, nos había mencionado un bar. Teníamos la dirección. Teníamos la noche libre. Teníamos, incluso, la ropa elegida.
Nunca llegamos.
PRIMER ACTO: LA CONVERSACIÓN COMO PRELIMINAR
Empezó con vino y con una pregunta que ninguno de los dos había formulado en voz alta hasta esa noche: ¿qué quieres, exactamente?
Nos sentamos a poner reglas, que es la manera elegante de decir que nos sentamos a desnudarnos sin sacarnos la ropa. Y descubrimos, primero, un límite claro y compartido: los hombres quedaban afuera. Ni yo con otro, ni ella con otro, ni yo mirándola a ella con otro. No fue una negociación difícil; fue casi un alivio, esa sensación de encontrar el mismo dibujo en dos mapas distintos.
Lo que quedó adentro fue todo lo demás. Y lo demás resultó ser mucho.
SEGUNDO ACTO: LA PRIMERA CONFESIÓN
La suya llegó antes que la mía, dicha contra el borde de la copa, mirando el vino y no a mí: quería estar con una mujer. No como espectadora, no como acompañante. Quería explorarla entera. Era la fantasía que había guardado más tiempo y la que más le costaba nombrar.
No sé qué esperaba de mi reacción. Lo que obtuvo fue una mirada cómplice y una serie de preguntas hechas muy despacio, mirándola a los ojos, cada una más precisa que la anterior. Preguntas que no buscaban información, sino respuesta física.
Descubrí esa noche que preguntar así —sin apuro, sosteniendo la mirada, esperando a que la respiración conteste antes que la voz— es en sí mismo un acto de intimidad.
Después volvimos a la copa. Siempre volvíamos a la copa.
TERCER ACTO: EL SUSPENSO
Fue entonces cuando me acerqué. Sutilmente, sin prisa. Corrí apenas el body que llevaba puesto, lo justo, y seguí preguntando: ¿es esto lo que querías hacerle a otra mujer? ¿Es esto lo que imaginabas?
Cada pregunta le sacaba una respuesta más entrecortada que la anterior. El suspenso duró lo que tenía que durar.
Después dejó de durar.
CUARTO ACTO: EL SOFÁ, LAS HORAS
En algún momento nos trasladamos al living. Ella bajó las luces. Una música sensual sonaba de fondo mientras empezaba a moverse para mí.
Lentamente, deliberadamente, se fue quitando la ropa pieza a pieza. Yo permanecía en el sofá, observando, esperando. La copa en la mano como excusa. La anticipación en el cuerpo como certeza.
Cuando se acercó, todo cambió.
Lo que siguió fueron horas. Nos exploramos en todas las formas posibles, con la conversación entrelazada con el tacto: hablábamos, nos encendíamos, nos perdíamos, volvíamos, y al volver siempre había algo nuevo que confesar. Cada ronda subía un escalón.
Entre encuentro y encuentro, dibujamos el mapa. Los límites, primero: nada de hombres, para ninguno de los dos. Y después el territorio: mujeres. Descubrirlas juntos, satisfacerlas, dejarnos satisfacer.
Ella me contó lo que quería ver. Una mujer conmigo, con ella mirando y dirigiendo. Las dos compitiendo, en broma y en serio, por quién me daba más placer.
Yo le conté lo mío. Ella entregada a otra mujer mientras yo la tomaba desde atrás. Dos cuerpos sobre el mío al mismo tiempo. Nosotros dos ocupándonos de una tercera a la vez, cada uno en su territorio. Y el final, dicho al oído, que no necesita más descripción de la que ya tiene.
El sofá terminó siendo el epicentro de todo lo que hasta esa noche apenas habíamos susurrado. Y quedó, digamos, con evidencia suficiente de lo que había pasado ahí.
EPÍLOGO
Amanecimos con una lista que ninguno escribió pero ambos recordábamos: lo que queríamos, lo que no, lo que estábamos dispuestos a explorar, lo que ya no podíamos seguir fingiendo que no nos interesaba.
Ella descansaba contra mi pecho. Yo le acariciaba el pelo. El sofá, testigo silencioso de toda la noche, seguía ahí.
Por eso esta es la Historia Cero. No pasó en un bar, no hubo escena planificada, no hubo terceros. Fue la noche en que descubrimos una sexualidad profundamente compenetrada y una lista de fantasías compartidas, todavía por vivir.
A poco más de un año de ese día, ya hemos explorado casi todos esos territorios. No solo en Chile, sino también fuera. Y se los iremos compartiendo en las historias por venir.


